Camino. No sé a dónde voy pero no quiero volver. Hace días que desperté de mi largo, largo letargo para darme cuenta de que la vida mundana no es tan fácil como la quieren pintar los posts positivos de Instagram. Maldita generación Z.
Majo y limpio. Fue lo que hice con mucha gente, por llamarlos de alguna manera, durante este mes que sin pretenderlo, había usado para decir "hasta aquí llegué". La Yuna que hacía como si no pasara nada, perdonaba y siempre terminaba volviendo como un perrillo apaleado, desapareció. Las malas lenguas dicen que está muerta. Yo no lo creo así. Muerta me dejó el hecho de que personas tan cercanas pretendieran que yo me hubiese inventado algo así y más que eso, hacerme creer a mí misma que estaba loca, había sobrepasado soberanamente un límite de integridad que ni yo misma sabía que poseía. Ni el mismísimo Satanás le haría eso a sus amigos más cercanos.
Me paro en seco.
- "Tal vez con alguien como él a mi lado me iría mucho mejor". - Termino la frase dándole una patada a la piedrecilla que tuvo la desgracia de estar más cerca de mi pie derecho.
Se detuvo antes de lo que imaginaba. Cabizbaja, levanto el mentón segura de mi culo de diosa griega. Ahí, frente a mí, el motivo del corto trayecto de mi piedrecilla. Más incluso, que la última carrera de Cars 2.
Silencio.
La adorna ropa del color de un alma putrefacta. Negro, gris, musgo.
Silencio. Me mira.
Ignoro todo. Su cara me dan ganas de sonreír. Sus ojos achinados de morderlos. Ambas opciones son plausibles. Imagina si se juntan.
Tiene pinta de ser una MONBEBE a la que le gusta la Pepsi, de haber amado sin miedo a quedarse sin nada para ella misma. Y aunque no dudo de que si le preguntara por su estado anímico actual, me diría enseñando esos dientecillos que está súper bien, estoy segura de que ha llegado a tener los ojos tan rojos que ni podía ver.
Se acerca. Es extraño. Es la primera vez que la veo pero estoy segura de que si la conociera de antes, siempre que se aproximara a mi cuerpo yo sería incapaz de moverlo. Un metro, treinta centímetros, levanta un dedo y me lo clava. Creo que quería hacerme cosquillas. Nunca lo imaginé, la verdad.
A mis espaldas, la sigo con la mirada. Me hace un gesto con la cabeza y baja unas escaleras a un zulo del que no me había percatado durante mi pequeño paseo.
Ella abre la puerta pero me deja paso a mí primera, qué menos que respetar a sus mayores. Salgo. O más bien entro. Su casa.
La miro al entrar. No se esperaba que la pillara admirando cierta parte de mi cuerpo. Muy bien hecho.
Así que ésta es su casa: el infierno.
Nadie me había dicho que los demonios eran pelirrojos.
Parpadeo. No está. Creo que entré aquí en Noviembre pero tengo la sensación de que han pasado seis largos meses sin saber de ella.
Qué raro. Otras escaleras. ¿Existe algo más abajo que todo esto?
El subsuelo del Infierno. No hay fuego, ni caos, ni hace calor. Tan solo se trata de un vacío. Uno tan negro que no te permite distinguir si tienes los ojos abiertos o cerrados. La oigo. Por fin no hay silencio. Las manos, en su cara, su pelo, ya no era pelirrojo, su gesto, había cambiado, pero seguía siendo ella. Siempre lo sería.
Cojo su mano.
Caminamos. No sé a dónde vamos. Pero no quiero volver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario