Esto iba a ser una mierda. Otro recordatorio de por qué no debería, ni merecería ser feliz. Bastó con que la crema de calabaza del Hiperdino me mirara a los ojos. Como dos vaqueros del lejano oeste batiendose en duelo. O al menos así es como te lo pintan las películas que le gustan a mi madre. O Westworld. Seriote. Al menos la primera temporada.
Pues eso, como dos vaqueros del lejano oriente batiéndose en duelo. Sí, ahora sí le puse tilde. Estoy, como dirían muchos coloquialmente, perjudicada. No lo veo así. Para mi mente es un remanso de paz y tranquilidad que me permite correr si quiero y andar si me canso, sin que ningún juicio, o más bien, sin que mi pensamiento sobre si algún juicio me mete en el saco. El saco de los pies sucios, las uñas muy largas, la del pelo encrespado, la más gorda, la última que eligen. Siempre fui de esas. Sigo: la que se piensa las cosas dos veces, la abogada del diablo, la que se pone en lo peor porque se preocupa por su amiga, la que duda de sí misma porque, en fin, porque ¿por qué no?
La crema de calabaza de Schrodinger. No sabes si está mohosa hasta que la abres. Así me siento con mi mejor amiga. Que duro sacarlo de mi cabeza. No quiero abrirla por si lo está. Otro palo no tío. Pero supongo que si escribo esto es, precisamente, porque en realidad, ya sé la respuesta.