sábado, 29 de febrero de 2020

Asco

Podía sentir el aterrador silbido que producía el viento en mi corazón. Algunos lo llamarían caída libre. Yo no podía.

El revoloteo de mis orejas cesó y seguía viva. Viva pero medio muerta.

Abrí los ojos y miré a mi alrededor. Nunca me estampé contra el suelo. Unas nubes blancas, mullidas, mojadas, fueron lo suficientemente benevolentes para frenar mi caída aún sin yo habérselo pedido.

- Chicas, ¿qué pasaría si yo fuera la mujer vanidosa?

Las acariciaba agradecida. Ellas a veces también me tocaban, otras tantas también me llovían. Yo nunca sabía cuándo. Siempre había visto nubes pero nunca fui una entendida del tema. Me conformaría. Habían sido lo suficientemente benevolentes para frenar mi caída aún sin yo habérselo pedido.

Una noche abrí los ojos notando una presión encima. No era incómoda, tan sólo hacia acto de presencia.

¿Qué haría un pajarito tan lejos de su casa?

- Cógeme de la mano, pero sin apretar, eh. -Me dijo seguro, limpio-.

- No tienes.

- Eso significa que aún no estás despierta.

- Sí que lo estoy, he abierto los ojos hace treinta segundos. De hecho ha sido por tu culpa.

- ¿Eres feliz?

- No, solo vivo.

- ¿Siempre mientes así?

- No, solo imito.

- Ven, te enseñaré algo. Cógeme de la mano.

El pajarito dio unas brazadas con sus alas no muy lejos y se posó en una de las nubes que aún dormía. Le seguí.

Sin vacilar, me hizo señas.

- Ábrela.

- Las nubes no son puertas.

- Tú tampoco y nunca estás cerrada, por eso estás así. No me malinterpretes, pío, pío. No es nada malo.

Puse todo mi peso en el empeine de mis pies. Me acerqué a la nube, primero de cuclillas, pero era muy difícil. Intentad hacer equilibrio sobre una masa sin una garantía de su consistencia. Luego opté por arrodillarme. Nada nuevo para mí. 

- Ábrela.

Mi corazón había estado bañándose durante meses en pústulas.

Puse un pie fuera de la nube y sin detenerme ordené al otro acompañarle, pero no oia el estrepitoso silbido que producía el viento en mi corazón y no sentía el revoloteo incesante de mis orejas y seguía viva y no caí. Ya no caía. Iba a cualquier parte, arriba o hacia delante. 

Y la noche finalmente se hizo día. 




Abominaciones: segunda parte

Fue mi enemiga sin merecerlo durante mucho tiempo. En un mes y medio la veré y le pienso dar el abrazo más grande que dedique este año. Quien me iba a decir a mi, que yo le iba a deber a ella mi salud propia y mi amor mental. Se dice asi, ¿no?