Qué fumada estoy diciendo, tío.
Estoy demasiado bien, demasiado cómoda, demasiado feliz, me siento demasiado llena. Siempre demasiado, porque es demasiado perfecto para ser real. Sigo sin confiar. Pienso y le doy mil vueltas a la cabeza y no le encuentro un sentido a por qué ellas la dejaron ir. ¿Acaso preferían conformarse con alguien que les diera caña y las trataran mal? ¿No tendrían paciencia para intentar entenderla o explicarle las cosas cuando no les sentaran bien?
Lo que cuento en las redes es un resumen de lo que quiero que la gente sepa. Pero he conocido toda la malicia habida y por haber a excepción del maltrato físico, gracias a Dios y no sé si eso tiene que ver con la facilidad que tengo con ver lo que realmente merece la pena.
Varias veces me dijeron que no sabían que era como era y en realidad, no les gustaba porque era rara, vestía diferente o sencillamente no complacía como ellos querían que lo hiciera.
"Qué pena que sea gorda" era otro comentario muy habitual. "Si no fuera gorda le pediría salir".
Dieppa me admiraba y lo pasábamos bien juntos, eran mis primeros besitos. Él tenía 18, yo 12, quizás 13. Ahora lo digo y me da asco, pero en ese momento no me daba cuenta de lo asqueroso que eso era. Era una niña, tío, no me había desarrollado. Asco. Delante de sus amigos me ignoraba, por supuesto, yo no sabía por qué. Voy a lo que me rompió. Le hice un dibujo con todo mi corazón, le gustó muchísimo, o eso parecía. Llego el momento de irme a casa. Él pensaba que ya no estaba mirando y tiró el dibujo a la basura. Pero se equivocó, sí que lo vi.
Automáticamente, pensé: es normal, no valgo la pena. No soy tanto como él.
Y me fui para siempre. Y me encantaría decir que fue porque era un gilipollas y no iba a dejar que nadie me tratara así, pero no. Fue por el pensamiento automático que tuve.
Entonces me di cuenta de que había varios así. Delante de sus amigos, me negaban, se alejaban de mí o me ignoraban. Cuando estaba gorda, por verguenza, cuando era un pibón, porque vestía raro. Nunca estaban contentos y yo seguía intentando buscar la perfección para que alguien me pudiera aceptar algún día.
Mi primera experiencia sexual, que no penetración, fue con 14, porque estaba sola en casa de un chico que me gustaba y me daba miedo que pasara algo si decía que no. No que me obligara, me daba miedo que renegara de mí. O tal vez un poco de ambos. No lo sé. Ha pasado mucho tiempo. Solo sé que lo recuerdo y no me siento cómoda. Fue raro porque quería pero no quería. Supongo que no quería hacerle nada a él porque no era nadie especial, pero quería sentirme aceptada.
Luego llego Jonay, mi primer novio oficial. Parecía inteligente, pero lo único inteligente era su forma de venderme la moto. "Soy rico" y yo le pagaba todo. Se quedaba fijo en mi casa, dormía y comía aquí. Yo solo le pedía atención y parecía mucho. Cuando podía, me pegaba negras o me cambiaba por sus amigos. No subía nada de mi existencia a las redes, como si se avergonzara. Y siempre tenía una excusa perfecta. Ahorré durante meses para comprarle un portatil y así fue. Recuerdo un hecho que me dejó de piedra porque creía que yo pedía demasiado y en ese momento me di cuenta de que no. Él se iba a quedar a dormir en mi casa esa noche. Yo estaba malísima de fiebre. Él solo jugaba al portatil sin importarle, como si yo no existiera. Entró mi primo, seis años mayor que yo y con muchas mas experiencias en ese momento, así que para él sí que fue fácil verlo. "¿No ves como está la chiquilla? Ponte con ella, hombre". Le dijo. Siempre he tenido cojones, pero cuando se trataba de mí misma y no de defender a alguien, se me olvidaba.
Le pedí un tiempo para pensar y conocí a un chico que me soltaba comentarios como "me he dado cuenta de que el físico no importa tanto". Una forma muy sutil de llamarme foca arcaica de metabolismo lento. Para enmarcarlo. A mí me decía cosas muy bonitas. A solas, por supuesto, no con sus amigos delante. Y yo me las creía. Como todo. Johana, mi mejor amiga, la chica más guapa que he conocido jamás a parte de la testigo de Jehová que venía a mi supermercado cuando trabajaba en Fuerteventura, charló con el una tarde. Lo que le dijo era muy distinto a lo que a mi me decía. "Yo a Yuna solo la veo para un rollo". Bueno, de no valer nada, valía para un rollo. Subí de nivel. Qué emoción. Es ironía, por si acaso.
Volví a ver a Jonay, y quiso volver conmigo. Guay, pensé. Y le conté que me había enrrollado con el sevillano que parecía el malo de Crepusculo. Lloró. Nada me cuadraba. Si ni le importaba y lloró. Creí que lloraba porque de verdad se había dado cuenta de que yo valía muchísimo la pena y me estaba perdiendo. Lo creí de verdad durante las tres semanas que le duró ese cambio a ser el novio perfecto. A intentar encontrar y transmitir su mejor versión. Pero no me di cuenta hasta muchos años después, de que no lloraba porque me quería. Lloraba porque durante solo una vez, se sintió como a mí me habían hecho sentir durante toda mi vida.
Y es entonces cuando conozco a Marco, mi primo segundo. No compartimos sangre. Su abuela está casada con mi tío, pero él su madre no era de mi tío, sino de otro hombre. Marco me hacía sentir muy bien, me compraba chuches, nos reíamos juntos. Parecía muy tímido, lo contrario a mí cuando entraba en confianza. Parecía bueno, por fin, alguien bueno. Le puse los cuernos a Jonay con él porque me di cuenta de que no tenía que estar soportando mierda y llorando cada noche. Y no va una noche el hijo de puta y me dice "cada vez el llanto te dura menos". Hijo de puta. Ahora me imagino que eso se lo dicen a una amiga mía y les parto la puta boca. Le dejé el mismo día en el que le puse los cuernos.
Pasó no mucho y es entonces cuando me doy cuenta de que le habla de la misma forma romántica en la que me habla a mí, a mil chicas más. Me enfado y empiezo a pensar que soy celosa, que la culpa la tengo yo. Él también me hacía creer eso. Pero mi amor propio llegó a su límite, me daba igual ser celosa, cosa que no era, no podía soportar esos "celos". El problema es que en ese momento yo no sabía la diferencia entre ser celosa, y que te faltaran el respeto.
Con Juanfra me porté mal yo. Me dio fuerte lo de los celos y cuando me di cuenta de que ese proyecto de relación no era sana y de que me había convertido en un pequeño monstruo asqueroso por miedo a algo que ni siquiera había pasado, le dejé. Le pedí perdón a los años.
Echedey solo se preocupaba de sus sentimientos y me compraba con cosas que me gustaban pensando que así estaría con él. Creo que tenía síndrome de Asperger. Eliminemos el creo, eso no era normal.
Dani era un chico de un centro de menores que había venido de Polonia a vivir con su madre a las islas. Estaba solo, iba a pasar la Navidad solo así que yo no fui con mi familia por estar con él. el 14 de febrero, desapareció. Sin más.
Johan. Mi segundo novio oficial. Era muy bueno. Yo todavía no confiaba por el tema celos y no me portaba demasiado bien, pero parecía que él intentaba entenderme y no le molestaba hacerlo. Creía que era eso, pero lo que pasaba en realidad, era que no tenía personalidad. Sí, dejó las drogas por estar conmigo. Sí, me trataba súper bien. Pero entonces pasaron dos cosas desencadenantes. El día en el que me escapé a Fuerteventura siendo menor de edad. Mi padre venía mucho a mi casa aunque no dormía aquí. Desde que volvió a nuestras vidas. A la mía y a la de mi madre, solo tuve un problema con él. Cuando le dijo "que te den" a mi madre y lo mínimo que hice fue gritarle y dejarlo en ridículo. Lo eché con mis 14 añitos de mi casa, porque mi madre no se atrevía. Rompió un cable en mi cara como si fuera a asustarme y le echó la culpa a mi madre de que nunca hubieramos podido estar juntos en mi infancia. Por ahí no, querido. "¿Y que prefirieras la droga no tuvo la culpa, no? Le grité persiguiéndolo por las escaleras mientras mi madre intentaba frenarme agarrándome del brazo. Te odio, fueron las últimas palabras que le grité.
Mi abuela estaba enferma, mi tío estaba enfermo, mi tía enfermó aún más rápido. Compartía casa con ellos desde que nací y sin embargo no sentía dolor como tal, cuando murieron. Mi tía, la madre de Ruth, también murió. Pero antes de que cada uno fuera llegando al final, mi padre estaba ahí para ayudar a mi madre a pesar de la paranoia que la heroína y la coca le habían dejado para siempre dentro de su cabeza. Me escribió una carta pero estuvimos compartiendo vida sin siquiera mirarnos a la cara, durante mucho tiempo hasta que llego uno de estos funerales. No voy a contar lo que pasó en ese funeral porque no tiene nada que ver con el por qué no puedo confiar en la persona que actualmente me gusta, pero lo resumiré en una frase: me convertí en la oveja negra oficial de la familia porque defendí a mi tía así que mis tíos amenazaron a mi madre con quitarnos la casa porque le habían dicho a una niña de 15 años que se callara que estaba más guapa cuando lo único que la niña había dicho era que le parecía una buena idea que le compraran una corona de flores. Fin. Al parecer yo no valía la pena, pero mi tía ni siquiera valía una corona de flores para ellos. Hijos de puta. Lo volvería a decir.
Volvamos a Johan y a la paranoia de mi padre, que estaba obsesionado con que todo el mundo quería hacernos daño a mí y a mi madre, por lo que dejaron de venir visitas a casa, por lo que transmitía mi padre. Amigas mías incluídas. Entonces llegó el día en el que una amiga estaba en casa y mi padre le tiró una lámpara, el mando de la tele, entre otras cosas. A mi me agarró por el brazo y lo paré en seco. Mi madre era incapaz de echarlo, una vez más, y yo me sentía ridícula de tener que hacer todo yo con 17 putos años. Así que simplemente, me fui. Desaparecí. Huí lejos. Estaba harta.
Cuando Johan vio todo esto ¿sabes qué hizo?
Nada.
Y sin embargo, no le dejé. Total, estaba acostumbrada a no sentirme protegida y tener que luchar yo por mí y por los de mi alrededor, no iba a ser sorpresa que la persona con la que quería estar, tampoco lo hiciera. De entre lo que había encontrado, era lo menos malo.
Lo dejé más tarde, cuando busqué una respuesta a lo que me pasaba. Nadie me creía, ni mi familia ni mis amigos. Mi cerebro llegó a un punto en el que con todo lo que le había pasado, había decidido que no quería sentir más y sencillamente dejé de sentir. Reprimí todos mis sentimientos y solo sentía que no sentía. Es algo difícil de entender, por eso no culpa a mi familia cuando creían que solo quería llamar la atención.
Pero todo eso me lo dijo mi psicólogo cuando le encontré, antes de eso, yo solo sabía que tenía novio y no sentía que lo quería, que tenía mejor amiga y no sentía que la quería, que tenía madre y no sentía nada por ella. A él le dije que no podía sentir felicidad, que algo en mi cerebro estaba mal. Yo siempre pensando que el problema era mío. Johan me dijo que estaba loca, que era una fase, que eso no podía ser. No era lo que necesitaba en ese momento.
Llamé a un número, menos mal que escogí ese porque me ayudó durante dos años como nunca nadie podía haber hecho. Me veo las manos y no siento que sean mías, estoy como dentro de mi cabeza, me muevo por inercia, hago cosas porque las tengo que hacer, veo todo como si fuera una película, no sé lo que quiero, no me siento triste, ni nerviosa, ni alegre, ni me enfado.
Disociación afectiva y despersonalización.
El momento más feliz del año, cuando por fin alguien le puso nombre a lo que me pasaba. No estaba loca. Bueno tal vez lo estuviera pero no por eso precisamente.
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