La quiero porque es distinta a todos los demás. Espero que nunca cambie su percepción sobre mí. Hay veces que me pregunto si es lo correcto. Sería estúpido si me hiciera la loca cuando le sale alguna chiquillajada de su edad. Pero respiro, siempre respiro. Y recuerdo que es un 98% utopía. Puedo con ello, aunque sean comportamientos tan lejos de los míos. Y ni siquiera llegan a ser malos, simplemente me confirman lo que no quiero decir: es una niña normal de 18 años a la que le hacen los sandwiches y le da miedo aprender.
Yo aprendí. Aprendí por mí, aprendí con otros. Y sí, estoy cansada de enseñar. Pero con ella puedo, porque cuando ese 2% no está, siento mis noches llenas de luz y mi barriga llena de aviones.
Es simple. Conmigo no va a nadar en el desierto.
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