lunes, 25 de mayo de 2020

¿Por qué me apuntas? La guerra ha acabado.

La tierra está mojada pero hoy no ha llovido. Agazapada, sucia, como el único gato que no sabe caer de pie, saboreo mis últimos momentos de vida. Para el lector puede significar segundos. Para un alma rota, cien años de tortura, como la víctima de un genjutsu. Demasiado tarde para fingir que soy una piedra por mucho que lo parezca. Oigo grillos. Por la noche son más fáciles de escuchar. Juraría que animan a uno de los dos. Juraría que lloran a uno de los dos. Tus ropas, antiguas, de otra epoca, de un lugar desconocido, con otras costumbres, con mucha gente que puedo ver pero no conocer. 

Me pienso seriamente si levantar la cabeza, bastante he hiperventilado hasta llegar aquí. Pero sé que estás, encantador, así que culebreo como me enseñaste mientras sonaba la melodía de tu flauta. 

Y la veo. Tu mirada. Y me olvido de respirar. Toso y jadeo. Inyectada. No distingo de qué droga se trata. Temo dejar de mantenerla y que estés más cerca. O que desaparezcas.

Y te mueves: tu mueca, famosa ya para mi cerebro. Levantas tu mano, casi invisible por tu ropa holgada. Blurry eyes. Sensual, mueves los cinco dedos al son de tu sonrisa y sin que ésta desaparezca, deslizas tu mano hacia el bajo cuello de la prenda que te esconde. Ahora la mano vuelve a salir, como un resorte en slowmo, esta vez acompañada.

Bajo mi cabeza y noto que caigo, como si fuera posible tocar más hondo el fango del fondo de esta sima.

+ ¿Por qué me apuntas? La guerra ya ha acabado.

De respuesta, tu respiración. 

Un ruido... no, un silbido, apaga los vítores de los grillos.

Alguien, el enemigo ¿pero de quién? La ha lanzado directo a mi tu corazón. 

Mis manos, atadas, no sentían la quemazón de la soga. Mis pies, desnudos, se amoldaron a las piedrecillas en la tierra fría. Mi cuerpo, semi vulnerable, desaprendió la verguenza. Y corrí. 

Olvidé el fusil, tu furia, la noche, el gris y la atrapé.

Un centímetro a tu boca.

Te sonrío:

Un centímetro a tu oído.

+ Cántame.

Te susurro.

Llevo la granada a mi pecho. Te doy la espalda y explota.

Lo demás, nunca lo supe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario