viernes, 20 de febrero de 2015

En un intento de abstraerme de mi realidad, la única que hay, dejo el lápiz y el cuaderno de inglés a un lado y salgo de mi habitación. Subo y subo las escaleras acaracoladas hasta llegar a la azotea, allí donde suelo aparcar mi nave. Me pongo un traje especial, el único capaz de separarme del aire y ofrecerme el oxígeno necesario en un tiempo limitado, me subo a mi nave un poco perdida. Hacía tiempo que no me lanzaba a dar un paseito por el espacio.

Me siento mirando todos esos incitantes botones con sus respectivas lucecitas expectantes a que los apriete y vuelva a esa dimensión de fantasía en la que todo es lo que en el escondite más profundo de mi cajita con forma de... lo que sea, desearía. De dónde no dejo que salga nada que pueda perjudicarme, que no estoy preparada a enfrentar aún o que no sé clasificar de bueno o de malo.

Cierro los ojos sintiendo en el estómago que estoy a punto de bajar por una montaña rusa, aunque nunca haya vivido esa experiencia. Sin embargo, estoy segura de que esos tres segundos previos no resultan tan vertiginosos como estos momentos. 

La nave comienza a subir. Está programada la última ruta que seguí, la que solía frecuentar y me llevaba a mi galaxia favorita. Nunca he sabido cuánto tiempo exacto tardo en llegar. Nunca me ha importado. De cualquier forma, siempre se me hace eterno, pero como siempre, vale la pena la espera una vez que ya estás allí, observándolo todo desde la distancia, donde puedo ver que en realidad nunca estuviste tan lejos de mí. Qué pena me da que hayas sido el más cobarde de los cobardes. Pero eso ya no importa, yo estoy dentro del cristal que me protege y ni este último ni yo, podríamos rompernos.

Apago los motores y me aparco en la nada, donde me siento calentita durante lo que pueda. Cierro los ojos y hago lo que no permito a nadie que me haga en el mundo real. Me dejo mecer por los brazos del Universo, acunándome sin dejarme a mí misma dormir. El momento es tan simbólico que mi cajita no me lo permite. Salta, brinca y me pellizca con su tapa cada vez que imagino una ovejita.

Un viento inexplicable en el espacio me despierta. Por muchas estrellas bonitas en la nada que no paro de imaginar, serán para mí, no consigo sosegarme y abro los ojos. Me agito. Las palabras están a punto de salir de mi boca. La aprieto fuerte. Me quedo sin oxígeno. La pantallita roja con la palabra "emergencia" no deja de parpadear en toda mi cara. Me impide seguir observando esas maravillosas vistas desde el espacio. 

Busco. Busco el botón exacto. Lo busco. Reject. Piloto automático. Lo que sea que me lleve a casa. La caja se tambalea. Algo la rebosa. Va a explotar. No puedo dejar que nada salga de ahí. La nave se mueve y poco a poco entro en la atmósfera. Mis jardines. Mi aire. Mi cama. Las frases de mi pared mustia pero mía. 

Agarro el lápiz de forma suave y abro el cuaderno.

Pursor, conveyor belt, bagagge lounge, immigration, Bangkok, double cabin, verandah.

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